domingo, 19 de noviembre de 2023

Los venezolanos en 𝘓𝘢 𝘷𝘰𝘳𝘢́𝘨𝘪𝘯𝘦

La novela del colombiano José Eustasio Rivera, publicada en 1924, se escribió contra los empresarios extranjeros de la fiebre del caucho, algo que imprime un sentido nacionalista a esa obra literaria, que culmina precisamente con el asesinato, a manos de Arturo Cova, protagonista y narrador, de un francés apodado el Cayeno y de su socio colombiano, Narciso Barrera. La proclama de Cova, una vez consumadas esas acciones, disipa cualquier duda al respecto: «¡Así murió aquel extranjero, aquel invasor, que en los lindes patrios taló las selvas, mató los indios, esclavizó a mis compatriotas!».

Los venezolanos que aparecen en La vorágine no escapan a las críticas de Cova. Ellos son reflejo de los que realmente se hallaban en Colombia en aquel tiempo, como fugitivos del presidente Juan Vicente Gómez Chacón, a quien la propaganda a su favor denominaba «César Democrático» y «Gendarme Necesario», como correspondía al Hombre Superior Providencial que era, según sus aduladores. Numerosos y muy disímiles venezolanos escaparon de su benevolencia a lo largo de tres decenios: en Colombia recalaron desde Manuel Vicente Romero García, escritor de montoneras que murió en Aracataca, hasta Rómulo Betancourt, en los tiempos de su militancia comunista, de la que abjuraría luego.

En concreto, los venezolanos de los que se habla en La vorágine, dispersos por los llanos y las selvas del oriente colombiano, son prófugos de Tomás Funes, que era por aquel entonces el reyezuelo de la parte venezolana del Amazonas y también uno de los barones del caucho. A dicho Funes lo toleraba el Hombre Superior Providencial en tanto le servía como escudo contra potenciales deicidas por esa parte del país.

Aunque algunos emigrados venezolanos están sin nombre en la novela, como meros indicios del ambiente de las caucherías, con seguridad se cuentan tres venezolanos en La vorágine: el falso general Aquiles Vácares, apodado el Váquiro, el propio Tomás Funes y Clarita, una prostituta de Ciudad Bolívar a la que han vendido y rifado en reiteradas ocasiones, hasta terminar en un hato de Casanare, como querida del dueño. Quizá dos personajes más, llamados Griselda y Sebastiana, tengan también origen venezolano, aunque Cova no lo explicite. Sebastiana, a quien se le pregunta por ese asunto, ni siquiera sabe si es colombiana o venezolana: se dice a ciencia cierta llanera, pero ignora a cuál de los dos países pertenece el sitio donde nació. Este último dato nada tiene de inverosímil, dado que La vorágine se publicó en 1924, mucho antes de que se trazaran, en un tratado de 1941, los límites territoriales entre los dos Estados.

De los personajes venezolanos, el Váquiro es el que más presencia tiene en la novela, sin dejar por ello de ser una pieza secundaria ahí. «Váquiro», también escrito en otras fuentes con la grafía «báquiro», es propiamente una especie de cerdo salvaje de América. El mote le viene al personaje de La vorágine de la semejanza fonética con el apellido Vácares; aunque también se le iguala al animal por los alborotados pelos del bigote, según la descripción que de él da Cova. El Váquiro es capataz de barracas de caucheros, conocido por su mala catadura. Una cicatriz le cruza la cara. Alardea de desempeñar funciones superiores en ese negocio. Se presenta a sí mismo con el lenguaje de los bravos: «¡Soy Aquiles Vácares, veterano de Venezuela, guapo pal plomo y pa cualquier hombre!». Cova, que muy pronto reconoce su talón de Aquiles, da en llamarlo «general Vácares», adulando su vanidad marcial. Parece evidente que el relato sobre Tomás Funes inserto en La vorágine está ahí para ilustrar los métodos bárbaros de los hombres fuertes de Venezuela; pero, en relación con la propia urdimbre narrativa, ese relato explica el origen de la cicatriz del Váquiro: un machetazo al momento de la huida, sin heroísmos.

Puede suponerse que Rivera, a través de ese fanfarrón, hizo una sátira contra los venezolanos, cuyo carácter nacional, de ser cierta esta suposición, habría sintetizado en esa caricatura de falso valiente, de derrotado soberbio. Funes, el tirano de la selva, se asoma de refilón en el libro, en un relato enmarcado, como se ha dicho, para dar contexto a la presencia de sujetos indeseables como el Váquiro en suelo colombiano. Llama la atención que Narciso Barrera, traficante de esclavos y villano de la trama, también deplora la llegada de venezolanos: «Pero con los asilados de Venezuela, que la infestaban [a Colombia] como dañina langosta, no se podía vivir. (...) ¡Tantos se le presentaban explotando la condición de los desterrados políticos, y eran vulgares delincuentes, prófugos de penitenciarías!» (1).

Tales reticencias probablemente pertenecieran también a Cova, alter ego de Rivera. Hoy en día la censura globalista predicaría contra ellas, si tuviera ocasión de examinar La vorágine desde la perspectiva de la ONU o de la ACNUR; aunque, a decir verdad, eso es lo que ocurre en los actuales trabajos académicos sobre la novela. Pero las prevenciones nacionalistas tampoco se registraban en un solo lado de la frontera: el novelista venezolano Rómulo Gallegos, en Doña Bárbara, mostró, a su vez, reservas frente a los colombianos, representados allí en Melquíades Gamarra, alias el Brujeador, como gente subrepticia y traicionera, inclinada al asesinato por encargo.


Notas

(1) La perspectiva de los personajes antagónicos Arturo Cova y Narciso Barrera en torno a los emigrados venezolanos no difiere demasiado de la de las autoridades colombianas. Un informe oficial suscrito por un comisario colombiano en 1931 trata acerca de los venezolanos en las regiones selváticas y llaneras de Colombia en los siguientes términos: «Es Puerto Carreño, desde hace mucho tiempo, refugio de bandoleros y piratas. Más todavía: desde Villavicencio hasta la desembocadura del río Meta, no se encuentra un venezolano que por algún delito no esté asilado (...) Todos los días vemos afluir a este puerto, revolucionarios, bandoleros, contrabandistas, matasietes y, en una palabra gente de la más abyecta condición moral. Ninguno trae pasaporte; todos se hacen pasar por desterrados políticos, y claro, hay que concederles el derecho de asilo (...) Nos odian tan profundamente, nos miran tan insignificantes, que no es rara la costumbre en ellos de compararnos con lo más bajo que existe (...) Pero no se pueden expulsar porque (...) las leyes al respecto no lo permiten (...) Es que nuestra legislación es muy amplia y para casos como los de aquí, no sirve. Para esta región se necesita algo especial; una autorización para proceder de manera efectiva sería en extremo benéfica». Fuente: Lina Marcela Hernández Gómez, «Más allá de los límites del Estado. Fronteras, extractivismo y formación del espacio nacional en la Orinoquia colombiana, 1913-1941», Historia crítica No. 82, Universidad de los Andes, Bogotá, 2021.

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